En un país muy cercano, había un principe muy hermoso. Tenía sus cabellos de azabache y unos ojos muy grandes. Su sonrisa radiaba felididad, pero habia algo en su alma que no encajaba, su sonrisa apagada, le desembocaba en su locura.
Un buen día soledado, se le acercó un caballero segoviano, cabalgando en su caballo bravo y empuñando una espada que consiguió una noche de invierno y en ese preciso momento comenzó una conversación.
Principe: Socorro, socorro, estoy atrapado en la vida, ayudadme por favor, ayudadme caballero.
Caballero: Tranquilo mi principe. Estoy aquí para ayudaros. Decidme, contra quien tengo que luchar hermoso hombre.
Principe: Contra el orgullo y la ignorancia, contra el hambre y contra las guerras mi caballero.
Caballero: Pues dejadme que luche contra ellos. Los derrotaré y vendré a rescatarte de tu infierno.
Mmmm. Susurraba el principe. Tu eres mi hombre.
Y tu mi hermoso principe, contestó el caballero.
Y chicos, después de batallar contra el orgullo, la ignorancia, contra el hambre y contra las guerras, el caballero segoviano fue a rescatar a su principe atrapado por la vida.
Caballero: He regresado mi principe, y he derrotado a todos los enemigos. ¿ Qué queréis que haga ahora?
Ahora quiero que hagáis el amor conmigo mi caballero, respondió el principe, y así mi corazón cambiará y seré más hermoso aún.
Y así el caballero segoviano y el principe hermoso hicieron el amor para toda la vida, sin miedos. Y vivieron felices y comieron perdices escabechadas y de postre coñitos de monja.
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